Domingo, 02 de noviembre de 2008

                                                   EL LUNFARDO
J
osé Gobello, en su libro Aproximación al lunfardo, explica por qué no considera al lunfardo un idioma, un dialecto ni una jerga: entre otras cosas, porque carece de sintaxis y gramática propias. Quien emplea palabras lunfardas, piensa en español, usando las estructuras y la gramática castellanas, y luego reemplaza una o más de esas palabras por sus sinónimos lunfardos. Así, el significado último del discurso no cambia, pero toma un matiz diferente. En español, la decisión de usar una palabra o un sinónimo también le da al discurso un matiz diferente; pero cuando reemplazamos la palabra española con un sinónimo lunfardo, el cambio es más evidente.

En su obra, Gobello da una definición de lunfardo: "Vocabulario compuesto por voces de diverso origen que el hablante de Buenos Aires emplea en oposición al habla general". Otro aspecto importante es que el uso de esas palabras es absolutamente consciente: uno sabe que existe la palabra mujer, pero a veces decide emplear mina; uno conoce la palabra dinero, pero en ocasiones elige guita. Esta podría ser una distinción entre el lunfardismo y el argentinismo,

 a veces, sin saberlo, usamos palabras con un sentido que no es el que aparece en el diccionario. Cuando usamos recova, no lo hacemos con la intención de darle a nuestro discurso un toque divertido, porteño, interesante, juguetón, o que nos haga aparecer como conocedores: simplemente, no conocemos la palabra soportal.

Al ser solamente un vocabulario, un conjunto de palabras (5000, quizáGui?o, es imposible hablar en lunfardo; sí es posible, en cambio, hablar con lunfardo. Esos miles de palabras son insuficientes para expresar la cantidad de ideas que, por pocas que sean, tiene una persona. Además, no sólo las palabras lunfardas son sinónimas de las castellanas, sino que son sinónimas entre sí: del total de palabras, una gran cantidad

una proporción mucho mayor que la del castellano está referida al sexo, a las distintas partes del cuerpo, la comida, la bebida, el dinero, la ropa, el delito. De hecho, la imposibilidad de hablar en lunfardo es tan evidente que quienes usamos sus palabras, todos los porteños, en mayor o menor medida, usamos un porcentaje más o menos bajo de los términos lunfardos que conocemos (dependerá del contexto, del interlocutor, etc.); nadie en la vida real habla como Minguito, o como quienes quieren demostrar cuánta calle tienen, y usan un lunfardismo detrás de otro. Eso es claramente artificial, es mera caricatura; o, en, todo caso, cuando se tiene el talento de Carlos de la Púa, es literatura.

Es importante señalar que el lunfardo y el tango nacieron en la misma época y en el mismo lugar, pero han podido (y pueden) vivir el uno sin el otro.

En las últimas décadas del siglo XIX y en las primeras del siglo XX (aproximadamente entre 1875 y 1914), una gran inmigración europea llegó a la Argentina, y buena parte de ella se asentó en la creciente ciudad de Buenos Aires, especialmente en sus arrabales o en conventillos, donde tenían como vecinos a integrantes de las clases bajas locales. Así, en 1855 Buenos Aires tenía 92000 habitantes, y en 1914, 1576000. Entre 1869 y 1914, la población extranjera fue mayor o igual que la local; por ejemplo, en 1887 la ciudad tenía 432000 habitantes: 228000 eran extranjeros (138000, italianos) y 204000 eran argentinos.

El mayor número de extranjeros provenía de Italia (especialmente de Liguria) y España. Se trataba, en su amplia mayoría, de hombres jóvenes solteros. En 1869, de cada 5 varones de entre 15 y 35 años, cuatro eran extranjeros (dos de ellos, italianos). Se produjo de esta forma un fenomenal desequilibrio demográfico: en 1855, vivían en Buenos Aires 46000 hombres y 46000 mujeres; en 1887, 243000 hombres y 190000 mujeres; en 1914, 850000 hombres y 726000 mujeres. Estas condiciones fueron inmejorables para el auge de la prostitución.

Y a la hora de divertirse, los jóvenes extranjeros coincidían con los jóvenes criollos, los compadritos, en los prostíbulos. Allí, el inmigrante iba como cliente, y el compadrito, como cliente o como fiolo (proxeneta) de una o más mujeres. Con el paso de los años, también los extranjeros incursionaron en el negocio de la prostitución, especialmente franceses y polacos de origen israelita.

En estos sitios comenzó a tocarse y a bailarse el tango. Un pianista o un pequeño conjunto (aún sin bandoneón, incorporado en la primera década del siglo XX) amenizaban la tertulia y ejecutaban piezas bailables

algunas de ellas, tangos o “prototangos” que las trabajadoras compartían con los clientes antes de pasar a las habitaciones. Varios de esos tangos tenían como letra coplas obscenas en las que no faltaban palabras lunfardas referidas al sexo. Fue en los prostíbulos, entre otros lugares de interacción (como los patios de los conventillos, por ejemplo), donde algunas de las palabras de los inmigrantes fueron escuchadas por los compadritos, y comenzaron a ser utilizadas por ellos.

Fueron los periodistas

Benigno Lugones entre ellos quienes tomaron nota del avance de estas palabras en el habla porteña y lo reflejaron en sus artículos; pero repararon fundamentalmente en las palabras usadas por los delincuentes. El mismo enfoque tuvieron investigadores como Luis Drago o Antonio Dellepiane, que publicaron sendos libros tratando el tema desde ese punto de vista. De hecho, la asociación entre este vocabulario y el delito se da a partir del nombre que se le dio a aquel: lunfardo es la palabra que usaban los ladrones para nombrarse a sí mismos. Ciertas palabras, en efecto, pertenecían a la jerga de los delincuentes, pero muchas otras correspondían al ámbito de la vida cotidiana. Así, ya en 1887 Juan Piaggio, otro periodista, tuvo una visión más amplia y acuñó la expresión "argentinismos del pueblo bajo" al notar que no se trataba de una jerga de maleantes.

Con algunas de esas palabras aportadas por los inmigrantes y con otras que circulaban en la ciudad provenientes del gauchesco se formó el lunfardo. El italiano se consolidó como idioma de toda Italia recién después de la segunda guerra mundial; en la época que tratamos, tenían amplia primacía las lenguas regionales, que eran las que hablaban la mayoría de los inmigrantes. Así, de las palabras traídas por quienes venían a hacer la América se destacan las que llegan desde los dialectos italianos (especialmente, el genovés), como amurar o biaba, junto con algunas francesas, especialmente las referidas a la vida nocturna –garçonnière 'vivienda de soltero', pris o prissé 'pulgarada de cocaína'–. También, las aportadas por otros grupos extranjeros (papirusa, del polaco; bondi, del portugués). Por algún motivo que desconozco, casi no hay palabras de las lenguas regionales españolas, pese al importante número de inmigrantes ibéricos.

A través del gauchesco llegaron indigenismos (cancha, pucho), afronegrismos (quilombo, mandinga) y arcaísmos españoles (aguaitar, espichar); en este grupo se cuentan palabras del caló (dialecto de los gitanos españoles) como araca y mangar, junto con palabras de la germanía (dialecto de los bajos fondos españoles del siglo XVIII) como runfla y taita. Con respecto a las palabras aportadas por los negros, no hay que olvidar que constituían un porcentaje importante de la población durante la primera mitad del siglo XIX. Estas palabras se consolidaron a mediados de ese siglo, debido a la interacción entre argentinos, uruguayos y brasileños en los ejércitos que pelearon tanto en guerras internas como en la de la Triple Alianza.

Además de esas dos ramas principales, integran el vocabulario lunfardo palabras inventadas (algunas, a través del intercambio de la posición de las sílabas, procedimiento conocido como vesreortiba, feca–, y otras de origen incierto, como mandanga o trolo) y palabras castellanas resignificadas (marrón 'ano', moco 'error importante'). Este tipo de palabras ha crecido en porcentaje dentro del conjunto de palabras lunfardas a medida que ha transcurrido el tiempo.

Si afirmamos que el lunfardo es sólo un vocabulario, un conjunto de sinónimos que cada hablante usa para dar un matiz a su discurso, esto se debe en enorme medida a la escuela pública. En efecto, el alud inmigratorio fácilmente pudo hacer que surgiera un nuevo idioma, o, al menos, un dialecto, producto del cruce de tantas lenguas, tantos registros; especialmente si tenemos en cuenta al menos dos situaciones: la falta de medios de comunicación masivos que ayudaran a fijar el castellano, y, sobre todo, los escasos conocimientos de los inmigrantes, en su amplia mayoría pobres, y en buena medida, casi analfabetos. Fue la escuela pública la que fijó el castellano como lengua de la Argentina, la que hizo que el cocoliche quedara reducido a la condición de habla de transición (el habla de quien está haciendo el cambio, adaptándose a un nuevo idioma); la que, en fin, hace que pensemos en castellano y sobre esas palabras ortodoxas, luego, decidamos salpicar el discurso con alguna heterodoxa.

Con los años, el lunfardo fue extendiéndose por todas las clases sociales, a partir de la difusión que le dieron las letras de tango, el teatro (fundamentalmente, los sainetes) y cierto periodismo popular, y debido, asimismo, a la movilidad social, que llevó a muchas personas que en esa época vivían en la pobreza a los estratos medios y altos de la sociedad.

Ese periodismo popular y los sainetes menguaron o desaparecieron hacia finales de los años 20, y la ligazón tango-lunfardo se hizo más notoria. En la década del 30, el tango, a través de la radio, llevó masivamente estas palabras a hogares donde con toda probabilidad se las conociera; pero, sobre todo, ayudó a darles cierta legitimación, ya que a menudo se las consideraba como algo a superar, algo que deturpaba el lenguaje, algo propio de las clases bajas.

Ya a mediados de la década del 20, comenzaron a surgir autores de letras de tango que prescindían de las palabras lunfardas, como Homero Manzi, que apenas las usa. Para ese tiempo, también, cambia, aunque sea parcialmente, la temática de los tangos, y estos comienzan a abandonar lentamente las historias del bajo fondo (más propicias, a priori, para las palabras lunfardas) y se interesan por la nostalgia, como Manzi, o la moral, como Discépolo.

A comienzos de la década del 40, la presión de los grupos puristas se hizo sentir, y el lunfardo fue prohibido en la radio. No hubo una ley ni un decreto que lo censurara. Probablemente, se haya tratado de una orden interna, verbal o escrita, del organismo que regulaba las comunicaciones, o de una reinterpretación del marco legal vigente. Los autores debieron cambiar las letras de sus tangos que contenían palabras lunfardas, o resignarse a que no se los difundiera. Obviamente, los tangos compuestos en aquellos años carecían de lunfardismos. El gobierno de Perón, también de un modo impreciso, puesto que no hay documentos de ello, levantó la prohibición a finales de la década del 40.

A partir de mediados de la década del 50, el tango comienza a decaer, y junto con él todo lo referido a la cultura popular. Hay quienes resaltan la coincidencia temporal entre esta decadencia de lo popular y el derrocamiento del gobierno de Perón. Como fuere, los productos culturales difundidos por la radio y la novedosa televisión cambiaron; al mismo tiempo, fueron quedando atrás los lugares y las costumbres de los que hablaban los tangos.

Pero, a finales de los años 60, surge el llamado rock nacional, originariamente llevado adelante por grupos de jóvenes que no participaban de la masificación propuesta, y nuevas palabras comienzan a surgir. La cultura rock es el soporte en el que circulan palabras como pálida o copar. Si esas palabras pueden ser consideradas lunfardas es asunto de discusión. Personalmente, creo que un hecho que se produjo recién en la segunda mitad de la década del 80 permite juzgarlas como tales. Hablo de la masificación del rock –que fue lenta pero incesante en los 70, y exponencial a partir de la guerra por las Malvinas– y de su llegada a las clases bajas de Buenos Aires, junto con una revalorización de lo popular, en la que mucho tuvieron que ver Sumo, los Redonditos de Ricota y los grupos punks de la época.

Como en todo idioma, dialecto, vocabulario, etc., con el paso de los años, algunas palabras han desaparecido (afnaf ), otras han permanecido (cana), algunas han surgido (masa), otras se han resignificado (grela) y hasta hay algunas (pibe) que han sido admitidas en el Diccionario de la Real Academia Española.

No obstante, la desaparición del uso cotidiano de palabras como amurar, embrocar o fesa en absoluto permite inferir una merma en el uso del vocabulario lunfardo. Si tomamos, por ejemplo, la última edición del Diccionario de la Real Academia Española, editada en 2001, y comparamos las palabras que registra con las que trae una edición de la primera mitad del siglo XX, veremos que la diferencia es notable. Pues bien, en los dialectos, argots, vocabularios marginales (o marginados), etc., debido a su intrínseco dinamismo, mucho mayor que el de los idiomas, esas variaciones son enormemente más frecuentes.

Por poner otro ejemplo: si tomamos las obras de Cervantes, Quevedo y otros autores del siglo de oro de la literatura española, encontraremos unas cuantas palabras desconocidas, una ortografía distinta de la actual e incluso una sintaxis diferente, todo lo cual complica la intelección de esas obras. Pese a todo esto, nadie duda de que están escritas en español. Con esto quiero decir que la desaparición de algunas palabras (o una permanencia limitada a obras artísticas, como el verbo amurar, inmortalizado por el tango Mi noche triste, que comienza "Percanta que me amuraste...") para nada tiene su correlación con la a veces mentada desaparición del lunfardo.

Nadie pretende que hablemos en lunfardo (porque, como ya hemos visto, es imposible) ni que usemos más palabras lunfardas. En cambio, es importante que se lo reconozca como una parte insoslayable de la cultura popular porteña y, por ende, argentina. Sin embargo, aún hoy debe soportar prejuicios similares a los de hace décadas; sobre todo, dos que son clásicos: que deforma o deturpa el idioma y que está vinculado indisolublemente al delito. Este último, el más necio –y el que más muestra la hilacha de la discriminación–, ha quedado desacreditado para quien quiera verlo por distintos trabajos, empezando por Lunfardía, de José Gobello. El otro, vinculado con la deformación del idioma, parte de un supuesto equivocado: si el uso del lunfardo es un uso consciente, tenemos que saber que hay una palabra correcta para, luego, sobre ella, usar una alternativa. Es llamativo que quienes se preocupan por esas supuestas deformaciones no noten que la avalancha de extranjerismos a la que estamos expuestos –especialmente, anglicismos– día a día nos presenta palabras ajenas a la fonética española que reemplazan a otras ya existentes; que agrega a algunas palabras significados que tienen sus parónimas inglesas que  . que modifica construcciones e incorpora incluso variantes sintácticas impropias.

Seguramente no todos los porteños tienen una idea clara de lo que es el lunfardo, pero eso tampoco puede ser usado como prueba por quienes aseguran que el lunfardo está agonizando, o simplemente extinguido. Cualquiera que desconozca del tema sobre ¡que es el lunfardo? puede expresar consideraciones agoreras sobre el mismo.-


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Publicado por anamariatango @ 23:02  | CURIOSIDADES
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